¿SABIAS QUIEN FUE SAN BERNARDO DE CLARAVAL?
Quien fuè San Bernardo de
Claraval?
Bernardo de Fontaine, O.Cist. (Fontaine-lès-Dijon,
1090-Abadía de Claraval, 20 de
agosto de 1153), conocido como Bernardo de Claraval (en francés: Bernard de Clairvaux), fue un monje cisterciense francés, abad de la abadía de Claraval.
Con
él, la Orden del Císter se
expandió por toda Europa y ocupó el primer plano de la influencia religiosa.
Participó en los principales conflictos doctrinales de su época y se implicó en
los asuntos importantes de la Iglesia. En el cisma de Anacleto
II se movilizó para defender
al que fue declarado verdadero papa, se opuso al racionalista Abelardo y fue el apasionado predicador de la segunda
Cruzada.
Es
una personalidad esencial en la historia de la Iglesia católica y la
más notable de su siglo. Ejerció una gran influencia en la vida política y
religiosa de Europa.
Sus
contribuciones han perfilado la religiosidad cristiana, el canto
gregoriano, la vida monástica y la expansión
de la arquitectura gótica.
La
Iglesia católica lo canonizó en 1174 y lo declaró doctor de la Iglesia en
1830.
Biografía
Nació
en el castillo de Fontaine-lès-Dijon,
en Borgoña, Francia, en el año 1090 con el nombre de pila de Bernard
de Fontaine. Fue el tercero de siete hermanos. Su padre era caballero del duque de Borgoña y lo
educó en la escuela clerical de Châtillon-sur-Seine. Después de
la muerte de su madre, entró en la Orden del Císter.
Esta
orden había sido fundada pocos años antes por Roberto de Molesmes bajo
la regla de san Benito. Solo tenía
un monasterio, y por la dureza de la vida que llevaban, tenía pocos miembros.
Tal monasterio se encontraba cercano a su casa paterna. Odón, duque de
Borgoña, su benefactor, contribuyó con la construcción de este primer
monasterio; igualmente, le donó tierras y ganados.
Cuando
a los 23 años, en el año 1113, ingresó como novicio en la Orden del Císter, le acompañaban cuatro
hermanos, un tío y algunos amigos (hasta 30 personas, según otras fuentes).
Previamente los había probado durante seis meses, asegurándose de su lealtad y
formando un grupo muy unido. El convencer a tantos fue una labor ardua,
especialmente a su hermano Guido, que estaba casado y tenía dos hijas, y que
finalmente dejó a su familia y entró en la orden. Posteriormente entrarían en
la orden su padre y su hermano menor.
El
año 1115, Stephen Harding, el abad de Císter, ante el
doble problema de la masiva presencia del clan de los Fontaine y el repentino
hacinamiento que habían provocado en su monasterio, decidió enviar a Bernardo a
fundar el monasterio de Claraval, una de las primeras fundaciones
cistercienses. Fue designado abad del nuevo monasterio, puesto que desempeñó
hasta el final de su vida. Fue el obispo de Chalons-sur-Marne, el
filósofo Guillermo de Champeaux,
quien le ordenó sacerdote y
le bendijo como abad.
El
inicio de Claraval fue muy duro. El régimen impuesto por Bernardo era muy
austero y afectó su salud. Guillermo de Champeaux debió intervenir, delegado
por el capítulo general del Císter, para vigilar la salud de Bernardo,
suavizando la falta de alimentación y la mortificación implacable que se
imponía a sí mismo. Este se vio obligado a dejar la comunidad y a trasladarse a
una cabaña que le servía de enfermería y donde era atendido por unos curanderos.
A
lo largo de su vida fundó 68 monasterios distribuidos por toda Europa. Los inicios fueron lentos. En los 10 primeros
años solo se establecieron tres nuevas fundaciones: Tre Fontane (1118),
la Fontenay (1119)
y Foigny (1121). A partir de 1130 se extendieron las
primeras abadías por Alemania, Inglaterra y España (Moreruela,
1132).
Espiritualmente
fue un místico y se le considera uno de
los fundadores de la mística medieval. Tuvo una gran influencia en el desarrollo de la
devoción a la Virgen
María
Bernardo
fue un inspirador y organizador de las órdenes militares, creadas
para acoger y defender a los peregrinos que se dirigían a Tierra
Santa y para combatir el Islam. Así, tuvo gran influencia en la creación y
expansión de la Orden del
Temple, redactó sus estatutos e hizo
reconocerla en el Concilio de Troyes, en 1128.
En
1130, el cisma del antipapa Anacleto lo
apartó de la vida monástica en clausura y comenzó una intensa
actividad pública en defensa de Inocencio
II. Estuvo movilizado de 1130 a
1137 e hizo del abad uno de los políticos más influyentes de su tiempo.
Participó
en las principales controversias religiosas de su época. Sostenía que el
conocimiento de las ciencias profanas es de escaso
valor, comparado con el de las ciencias
sagradas. Sus sentimientos frente a
los dialécticos se revelaron en los
enfrentamientos que mantuvo con Gilberto de la Porré y Pedro
Abelardo.
La predicación en la Iglesia medieval era esencial y Bernardo fue uno de sus
grandes practicantes. Reclamado constantemente por el clero local, realizó
numerosos viajes por el sur de Francia, Renania y otras regiones. También predicó las
excelencias espirituales de la vida monástica y convenció a muchos para que
ingresasen en la orden cisterciense. Se le conocía como "Doctor
melifluo" (boca de miel), por su suavidad y dulzura.
Se
desplazaba habitualmente a pie, acompañado de un monje, que hacía de secretario y escribía a su dictado
durante los desplazamientos.
Bernardo
predicó en el Languedoc en 1145
a los cátaros o albigenses, y fue elogiado, pero en Verfeil, cerca de Toulouse, se le abucheó. Años después de la muerte de
Bernardo, en 1209, los cátaros fueron declarados herejes, y varios
cistercienses se pusieron al frente de la cruzada que reprimió este movimiento.
En
1145, Eugenio III fue nombrado papa. Es el primer papa cisterciense y discípulo de
Bernardo. Había coincidido con él en uno de sus viajes y le siguió desde Italia hasta Claraval. Allí pasó 10 años de vida
monástica. En 1140, Bernardo lo había enviado de vuelta a Italia como abad
de Tre Fontane, la 34.ª fundación de
Claraval.
Su
mayor y más trágica empresa fue la Segunda
Cruzada, cuya predicación fue por
completo obra suya. Allí apareció con toda su fuerza y con toda su debilidad su
ideal religioso. Su fracaso afectó negativamente a su influencia y a su
figura carismática, excepcional hasta entonces tanto con el poder religioso
como con el político.
En
1153, enfermó del estómago -no retenía la comida y las piernas se le
hinchaban-, quedó muy débil y murió.
Fue
canonizado el 18 de enero de 1174 por el papa Alejandro III, y fue declarado Doctor de la Iglesia por Pío VIII en 1830. Su fiesta litúrgica se celebra el 20
de agosto en el aniversario de su muerte, siendo el santo
patrón de Gibraltar, de Algeciras, de los trabajadores agrícolas y del Queen’s
College de Cambridge.
Sus atributos iconográficos son la pluma, el libro, el perro, el dragón,
la colmena y la figura de la Virgen María.
Organización de la Orden del Temple
En el año 1099, los cruzados recuperaron Jerusalén y los lugares santos de Palestina. Los peregrinos eran atacados y robados en los caminos.
Algunos caballeros decidieron prolongar su
voto y dedicar su vida a la defensa de los peregrinos. En 1127, Hugo de
Payens solicitó al papa Honorio II el reconocimiento de su organización.
Recibieron el apoyo del abad Bernardo, sobrino de uno de los nueve Caballeros fundadores y a la postre quinto Gran Maestre de la Orden, André de Montbard. Así, se reunió un concilio en Troyes para regular su organización.
En el concilio, solicitaron a
Bernardo que redactase su regla, que fue sometida a debate y fue aprobada con
algunas modificaciones. La regla del Temple fue pues una regla cisterciense, pues contiene grandes analogías con la misma. No
podía ser de otra forma, ya que el abad era su inspirador. Era típica de las
sociedades medievales, con estructuras jerarquizadas, poderes totalitarios,
regula la elección de los que mandan y estructura las asambleas para asistirlos
y, en su caso, controlarlos. Después de esta primera redacción, hubo una
segunda debida a Esteban de Chartres, Patriarca de Jerusalén,
denominada «regla latina» y cuyo texto se ha mantenido hasta nuestros días.
Bernardo escribió en 1130,
el Liber ad milites templi de laude novae militiae (en
español: Libro de los caballeros
templarios. Elogio de la nueva milicia templaria), que asoció a los
lugares de la vida de Jesús con infinidad de citas bíblicas. Intentó equiparar
la nueva milicia a una milicia divina:
Aspira esta milicia a exterminar
a los hijos de la infidelidad...combatiendo a la vez en un doble frente: contra
los hombres de carne y hueso y contra las fuerzas espirituales del mal.
Liber ad milites templi de laude novae militiae.
Intervenciones de San Bertardo en temas prioritarios
Fallecido el papa Honorio II, se produjo una doble elección papal. La mayoría
de los cardenales apoyaron al cardenal Pietro Pierleoni que adoptó el nombre
de Anacleto II; mientras que una minoría de
cardenales se decantó por Gregorio Papareschi (Inocencio II).
La aparición de dos papas provocó
el cisma y enfrentó a media cristiandad que apoyaba a
Anacleto II con la otra media, que defendía a Inocencio II. Este último contaba
con el apoyo de Bernardo, que se recorrió Europa desde 1130 a 1137, explicando
sus puntos de vista a monarcas, nobles y prelados.
Su intervención fue decisiva en el concilio de Estampes, convocado por rey francés Luis VI. Así mismo, la influencia de Bernardo favoreció la confirmación de Inocencio II, consiguiendo los apoyos de Enrique I de Inglaterra, el emperador alemán Lotario II, Guillermo X de Aquitania, los reyes de Aragón, de Castilla, Alfonso VII, y las repúblicas de Génova y Pisa. Finalmente, Anacleto fue rechazado como papa y fue excomulgado.
Controversia con Abelardo
Abelardo, uno de los
primeros escolásticos, se había iniciado en la dialéctica y mantenía que se debían buscar «los
fundamentos de la fe con similitudes basadas en
la razón humana». Así argumentaba:
Me dispuse a explicar los fundamentos de nuestra fe mediante similitudes basadas en la razón humana. Mis alumnos me pedían razones humanas y filosóficas y me reclamaban aquello que pudiesen entender y no aquello sobre lo que no pudiesen discernir. Decían que no servía de nada pronunciar muchas palabras, si no se hacía con inteligencia; que no se podía creer nada que previamente no se hubiese entendido; y que es ridículo que alguien predique nada que ni él ni sus alumnos no puedan abarcar con el intelecto.
Estas nuevas ideas de Abelardo fueron rechazadas por los que pensaban de forma tradicional, entre ellos el abad. Así en 1139, Guillermo de Saint-Thierry encontró 19 proposiciones supuestamente heréticas de Abelardo y Bernardo de Claraval las remitió a Roma para que fuesen condenadas. En el sínodo de Sens le exigieron a Abelardo retractarse y al no hacerlo, el papa confirmó al sínodo de Sens y lo condenó por hereje a perpetuo silencio como docente.
Bernardo en carta a Inocencio
II (Contra errores Petri Abelardi),
refutó los supuestos errores de Abelardo, pues consideraba que la fe solo debe
ser aceptada:
Puesto que estaba dispuesto a emplear la razón para explicarlo todo, incluso aquellas cosas que están por encima de la razón, su presunción estaba contra la razón y contra la fe. Porque, ¿hay algo más hostil a la razón que tratar de trascender la razón por medio de la razón? y ¿qué hay más hostil a la fe que negarse a creer lo que no puede alcanzarse con la razón?
Para Bernardo, la verdad que hay tras la creencia en Dios es un hecho directamente infundido por la divinidad y por lo tanto incuestionable. Contra la pretensión de los racionalistas de que la teología debía apoyarse en pruebas, afirmó en un argumento muy conocido:
La conocemos [la Verdad]. Pero
¿cómo pensamos que la comprendemos? La disquisición no la comprende, pero sí la
santidad, si de algún modo es posible comprender lo incomprensible. Pero si no
pudiese ser comprendida, el apóstol no habría dicho... «y fundados en la
caridad, podáis comprender en unión de todos los santos». Los santos, por
tanto, comprenden. ¿Queréis saber cómo? Si sois santos, comprenderéis y
sabréis. Si no, sed santos y sabréis por experiencia.
La opinión de Bernardo, acerca del mal empleo que hacía Abelardo de la razón, se ganó el apoyo de místicos e irracionalistas, que estuvieron de acuerdo con él.
Predicación
de la Segunda Cruzada
En la Segunda Cruzada, asumió el
papel político más importante de su vida, al convertirse en el predicador de la
nueva guerra santa. El fracaso de la misma le supuso el declinar de su
influencia política.
Cincuenta años antes, durante
la Primera Cruzada se estableció en Palestina un reino feudal gobernado
por nobles franceses. En 1144, los ejércitos del Islam tomaron la ciudad cristiana de Edesa. En 1145, Luis VII de Francia propuso
la cruzada y pidió a Bernardo que la predicase. Este respondió que solo el papa
le podía encargar esa predicación. El rey realizó la petición al papa. Fue
entonces, cuando el papa Eugenio
III, que había sido monje en
Claraval y discípulo de Bernardo, pidió al Santo que predicase la cruzada y las
indulgencias que de ella se derivaban.
El Bernardo que predicó la
Cruzada mostró una personalidad diferente a lo que había sido hasta entonces.
Él entendía la vida interior como unión del alma humana con Dios e identificaba
la vida interior con la vida de toda la iglesia, de todo el «cuerpo místico»,
siendo su concepción de la cruzada básicamente mística. Consideraba que
la Iglesia católica podía
llamar a las armas a las naciones cristianas para salvaguardar el orden
establecido por Dios. Parece que no tuvo necesidad de comprender el Islam. Según él, si Dios juzgaba necesario que los
ejércitos defendieran su reino, si el mismo papa le ordenaba predicar la
Cruzada, estaba claro para él que se trataba de una misión divina. Por tanto
transmitió a los cristianos que se trataba de una guerra santa, pues así la
concebía él.
En un escrito posterior al papa,
así reflexionó sobre la cruzada: «Me lo ordenasteis y obedecí. La autoridad del
que me mandaba hizo fecunda mi obediencia. Abrí mis labios, hablé y se
multiplicaron los cruzados, de suerte que quedaron vacías las ciudades y
castillos, y difícilmente se encontraría un hombre por cada siete mujeres».
La predicación realizada en
Alemania, lo fue en contra de la voluntad del papa, y ganó para la causa al
emperador Conrado III y a numerosos príncipes.
Según Maschke, «Bernardo es mucho más fogoso como predicador que como hombre de
Estado y como político de la Iglesia, electriza a los pueblos de Occidente,
infundiéndoles la sola voluntad de acudir a la Cruzada».
Los cruzados fueron derrotados
por el islam, lo que provocó un gran pesimismo en toda la cristiandad. San
Bernardo, que había sido el principal animador y el que había encendido a los
pueblos, fue llamado embaucador y falso profeta. El fracaso de la segunda
Cruzada dañó profundamente la confianza en el pontificado y se habló
abiertamente de que la fe cristiana había sufrido un duro revés.
Bernardo quedó muy afectado, sin
embargo pensó que por lo menos había sido criticado él y no Dios. Así lo
escribió en De Consideratione,
dirigido al papa Eugenio III.
A los 23
años, en el año 1113, ingresó en la Orden del Císter. Dos años después, Esteban
Harding, el abad de Císter, le envió a fundar una de las primeras fundaciones
cistercienses, el monasterio de Claraval, del que fue designado abad, puesto
que ocupó hasta el final de su vida.
La orden,
entonces, estaba en formación. Esteban Harding era el tercer abad que tenía la
orden, y en 1119 dotó al Císter de una regla propia, la Carta de
caridad, en la que se establecían las normas comunitarias de total pobreza,
de obediencia a los obispos y de dedicación al culto divino con dejación de las
ciencias profanas.
Bernardo
participó personalmente en la formación del espíritu cisterciense y fue el
artífice de la gran difusión de la orden cisterciense, pasando del único
monasterio cuando ingresó a 343 cuando murió, de los que 168 pertenecían a la
filiación de Claraval y 68 fueron fundados por él mismo.
La enorme
influencia que alcanzaron los cistercienses se debió a Bernardo que trascendió
ampliamente a la orden. Ha sido la figura más destacada de la
Orden y es venerado como fundador.
Císter fue
una concepción de la vida monástica medieval totalmente distinta a Cluny.
La regla cisterciense era, en la práctica, una crítica de la de Cluny, Esta
crítica a los cluniacenses, la concretó Bernardo en 1124, en su escrito Apología
a Guillermo:
Apología a Guillermo
A partir de la Apología a Guillermo, la regla cisterciense apareció como una reacción contra los excesos cluniacenses. Si durante el siglo XI los monjes cluniacenses habían asumido un gran protagonismo dentro de la iglesia, ocupando sus más altos cargos y ejerciendo su influencia sobre el poder civil, en el siglo XII ese papel les correspondió desempeñarlo a los cistercienses.
Inspirador de la arquitectura cisterciense
Su Apología a Guillermo estableció
también los criterios teóricos que luego se emplearían en la construcción de
todas las abadías cistercienses. En este escrito, Bernardo criticó duramente la
escultura, la pintura, los adornos y las dimensiones excesivas de las Iglesias
de los cluniacenses. Partiendo del espíritu cisterciense de pobreza y ascetismo
riguroso, llegó a la conclusión de que sus monjes, que habían renunciado a las
bondades del mundo, no precisaban de nada de esto para reflexionar en la ley de
Dios. La crítica la desplegó sobre dos ejes. En primer lugar, la pobreza
voluntaria: las esculturas y adornos eran un gasto inútil: despilfarran el pan
de los pobres. En segundo lugar, rechazaba también las imágenes porque
distraían la atención de los monjes, los apartaban de encontrar a Dios a través
de la Escritura.
Cuando, en
1135, tenían unas 90 abadías y aumentaban a un ritmo de 10 nuevas por año,
Bernardo debió pensar que la orden estaba consolidada y con un crecimiento
desmedido siendo urgente un modelo de abadía que garantizase la uniformidad de
la Orden. También debió reflexionar que la orden no podía seguir con las
efímeras construcciones de madera y adobe, precisando monasterios en piedra que
sirviesen a las generaciones futuras de monjes.
Ello lo
concretó en la construcción en piedra de las dos primeras abadías, Claraval II
(a partir de 1135) y Fontenay (comenzada en 1137), que se construyeron de forma
simultánea. En las dos intervino de forma decisiva, ya que de Claraval era su
abad y Fontenay era filial suya. Él fue el inspirador de ambas construcciones y
de sus soluciones formales. Para él, la arquitectura cisterciense debía
reflejar el ascetismo y la pobreza absoluta llevada hasta un desposeimiento
total que practicaban a diario y que constituía el espíritu del Císter. Así
terminó definiendo una estética de simplificación y desnudez que pretendía
transmitir los ideales de la orden: silencio, contemplación, ascetismo y
pobreza.
Estas
primeras abadías se construyeron en estilo románico borgoñés, que había
alcanzado toda su plenitud: (bóveda de cañón apuntada y bóveda de arista).
Posteriormente, cuando en 1140, surgió el estilo gótico en la benedictina abadía de san Denis, los
cistercienses aceptaron rápidamente algunos conceptos del nuevo estilo y
empezaron a construir en los dos estilos, siendo frecuentes las abadías donde
conviven dependencias románicas y góticas de la misma época. Con el paso del
tiempo, el románico se abandonó.
Al prescindir de todo lo superfluo, el estilo cisterciense consiguió unos espacios desnudos, conceptuales y originales que lo hace plenamente identificable.
Influencia en el papa Eugenio III
Eugenio
III era hijo espiritual de
Bernardo.9Como se ha explicado, antes de ser elegido papa, estuvo 10
años en Claraval siendo monje bajo la autoridad espiritual de su abad Bernardo.
Después, durante otros 5 años, fue abad de un monasterio filial de Claraval,
por lo tanto, seguía manteniendo esa relación de dependencia espiritual.
Ya siendo
papa, mantenían frecuente correspondencia entre ellos, pidiéndole Eugenio, que
le escribiera un tratado sobre las obligaciones de ser papa. El abad así lo
hizo y escribió el tratado De
Consideratione en 5 libros. El primero lo escribió en 1149, el
segundo en 1150, el tercero después del desastre de la cruzada en 1152 y los
dos últimos a continuación. su tratado más conocido y aunque lo escribió para
el papa Eugenio, en la práctica, lo estaba haciendo también para todos los
papas posteriores. De hecho,
se conoce la importancia que muchos papas han dado a este texto.
Bernardo
seguía sintiéndose su padre espiritual, así lo manifestó repetidamente en el
prólogo de De Consideratione:
«el amor que os profeso no os considera como Señor, os reconoce por hijo suyo
entre las insignias y el esplendor de vuestra excelsa dignidad...Os amé cuando
eras pobre, igual os he de amar hecho padre de los pobres y de los ricos.
Porque bien os conozco, no por haber sido hecho padre de los pobres dejáis de
ser pobre de espíritu».
En este
escrito, insiste en la necesidad de la vida interior y de la oración para
aquellos que tienen las mayores responsabilidades de la Iglesia. Escribió sobre
el peligro de dejarse llevar por los asuntos de Estado y descuidar la oración y
las realidades de lo alto.
Sobre los
poderes del papa, le escribió defendiendo la supremacía del poder espiritual y
el derecho de la Iglesia a emplear los ejércitos seglares . Se basaba en las
palabras que los apóstoles dijeron a Jesús cuando lo apresaron, recogidas en
el Evangelio de san Lucas,
que él interpretó para fundamentar de nuevo «la doctrina de las dos
espadas», presente en el pensamiento
cristiano desde los inicios de la Edad Media:
Si la espada material no
perteneciese a la Iglesia, el Señor no habría replicado «Es bastante» a los
apóstoles cuando le dijeron «Aquí hay dos espadas», sino «Es demasiado». Por
tanto, de la Iglesia son la espada espiritual y la espada material, pero esta
ha de ser manejada para la Iglesia, y aquella, por la Iglesia.
Estaba
convencido de que todos los cargos de la Iglesia procedían directamente de Dios
y así lo escribió al papa:
Su doctrina
Fue el
primero que formuló los principios básicos de la mística, contribuyendo a
configurarla como cuerpo espiritual de la Iglesia católica.
Su devoción
a la humanidad del Redentor se trató de una innovación basada
en el Cristo de los Padres y de san Pablo. Su
forma de relacionarse con Cristo, llevó a nuevas formas de espiritualidad
basadas en la imitación de Cristo.
Su
teología mística tuvo como fin principal
mostrar el camino de la unión espiritual con Dios. Su doctrina de búsqueda de
unión a Dios se inspiró en el estudio de las escrituras y de los padres de la
Iglesia, así como en su propia experiencia religiosa. El esquema de la
mística bernardiana propone ascender desde lo más profundo del pecado original hasta lo más elevado del
amor, la unión mística con Dios. En este ascenso enumeró 4 grados de amor,
descritos en su tratado Del amor
de Dios:
...En primer lugar, pues, se ama
el hombre a sí por sí mismo, pues es carne, y no puede gustar nada fuera de
sí...más, cuando ve que no puede subsistir por sí, comienza a buscar a Dios por
la fe, y a amarle, como que le es tan necesario. Ama, pues, en el segundo grado
a Dios, pero por sí, no por Él mismo. Ya después que comenzó, con ocasión de la
propia necesidad, a reverenciarle y frecuentarle, meditando, orando,
obedeciéndole, poco a poco en virtud de este género de familiaridad, se da a
conocer Dios y consiguientemente se hace también más dulce, y así... pasa al
grado tercero, para amar a Dios no ya por sí, sino por Él mismo... en este
grado se está mucho tiempo...y desde entonces, juntándose a Él será con Él un
espíritu...cuando se entra en estas grandezas espirituales y divinas habría de
ser despejado de todas las enfermedades de la carne...
Devoción mariana
En el
occidente cristiano y a partir de finales del siglo XI, se desarrolló masivamente el culto
popular a la Virgen María. Bernardo tuvo un papel importante en la propagación
de ese culto mariano. Su teología sobre María fue rápidamente aceptada por los
fieles y sus sermones se difundieron por toda la cristiandad. El más conocido,
es Del acueducto: ...tan grande acueducto...sobrepasase los
cielos y pudiese llegar a aquella vivísima fuente de las aguas que está sobre
los cielos... ¿Cómo llegó este nuestro acueducto a aquella fuente tan sublime?
[...] Según está escrito: la oración del justo penetra en los cielos...¿Quién
será justo, si no lo es María, de quien nació para nosotros el sol de justicia?
[...] Sea lo que fuere aquello que dispones ofrecer, acuérdate de encomendarlo
a María, para que vuelva la gracia, por el mismo cauce por donde corrió, al
dador de la gracia...aquello que deseas ofrecer, procura depositarlo en
aquellas manos de María... a fin de que sea ofrecido al Señor, sin sufrir de Él
repulsa...
La figura de María no se entendía como hoy. Así el abad mostró sus dudas sobre la Inmaculada Concepción: ...con toda certeza, sólo la gracia hizo limpia a María del contagio original... La fiesta de la Inmaculada Concepción es una fiesta que desconocen los ritos de la Iglesia, ni recomienda la tradición antigua. No se puede afirmar que patrocinara la Asunción de María (en esto coincidía con la corriente antiasuncionista que entonces predominaba).
Las fuentes de su doctrina
Sus fuentes
fueron fundamentalmente las Sagradas Escrituras y también las fuentes de la
tradición cristiana. Ambas fueron siempre sus grandes argumentos.
Bernardo
creía en «la revelación verbal» del texto bíblico. Esta creencia, considerada
hoy errónea por la teología católica, la heredó de Orígenes, su maestro en Exégesis. Así, en cada palabra de la Biblia buscaba
interpretaciones y sentidos desconocidos y ocultos. Cuando no comprendía unas
frases o un sentido del texto, se humillaba y pedía a Dios que le iluminara,
pues entendía que si Dios había puesto esa palabra o esa frase y no otra, lo
hacía por una razón concreta. Esta fe en la revelación verbal le originó importantes
periodos místicos que quedaron recogidos en sus escritos.
Su búsqueda
de la interpretación del texto sagrado, sin limitarse al sentido pretendido por
el escritor sagrado, para obtener de él la justificación de sus experiencias
personales, profundiza en la reflexión y en la contemplación de la misma forma
que la Iglesia primitiva y siguiendo la tradición mística de los padres griegos
de la Escuela catequística de Alejandría.
Resulta
esclarecedor lo que pensaban de él los dos principales artífices de la Reforma Protestante. Martín
Lutero dijo que «Bernardo supera a
todos los demás Doctores de la Iglesia» y Juan
Calvino lo alabó: «El abad Bernardo
habla el lenguaje de la misma verdad».
Los libros
de la Biblia que más citó y por lo tanto con los que más se identificaba son:
el libro de los Salmos 1519
veces; las cartas de Pablo 1388 veces; el Evangelio de Mateo 614
veces; el Evangelio de Juan 469
veces; el Evangelio según san Lucas 465 veces; el Libro de Isaías 358 veces y el Cantar de los Cantares 241
veces.
La segunda
fuente para él era la Tradición. En su tiempo había dos escuelas teológicas
contrarias: la escuela antigua o tradicional, de la que él era el principal
exponente, y la escuela moderna, patrocinada por Abelardo, basada en
especulaciones y en la crítica filosófica de las ideas. Bernardo consideraba
estéril la filosofía, pues argumentaba que en nada sirve al hombre para
alcanzar su fin último. Despreciaba a Platón y Aristóteles. En cierta ocasión dijo: «Mis maestros son los
apóstoles, ellos no me han enseñado a leer a Platón ni a ejercitarme en las
disquisiciones de Aristóteles». Sin embargo, tenía una concepción neoplatónica
del alma humana, que consideraba estaba creada a imagen y semejanza de Dios y
destinada a una unión perfecta con Él.
Los Padres
de la Iglesia que más seguía, eran los que entonces se consideraban los
maestros más autorizados de la Iglesia: se declaró fiel discípulo de san
Ambrosio y de san Agustín, los llamó las dos columnas de
la Iglesia y escribió que difícilmente se apartaría de su parecer (en el Tratado sobre el bautismo). En moral,
su referencia era Gregorio
Magno. Copió, sin citarlo, con
frecuencia a Casiodoro en sus
comentarios sobre los Salmos. Muchos bellos pensamientos que describió
Bernardo, en realidad son de Casiodoro. Entre los Padres griegos, citó a menudo
a Orígenes (le encantaba su exégesis
alegórica) y a Atanasio. Tenía una gran devoción a Benito de
Nursia y a su única obra, la Régula monasteriorum (la regla
de los monjes). Esta obra era la maestra de su corazón y de su intelecto, y
estaba convencido de que, como la Biblia,
era un libro directamente inspirado por Dios.
Cuatro de
sus obras tienen similitudes con otras de la literatura patrística:
1.
Los sermones sobre el «Cantar de los cantares».
En el Concilio de Sens, Berenguer de Escocia le recriminó haber copiado descaradamente
a Orígenes, Ambrosio, Rexio de Autun y Beda el
Venerable.
2.
Los 17 sermones sobre el salmo 90
están copiados de la doctrina de san Agustín
3.
Las 4 homilías de alabanzas de la
Virgen María tienen plagios de Ambrosio y de san
Agustín
4. Sobre la gracia y el libre albedrío es un resumen de la doctrina de san Agustín.
Sus escritos
no son numerosos, ocupan solo los tomos 182 y 183 de la Patrología latina de Migne (compilación
de los escritos de los Padres de la Iglesia y de otros escritores eclesiásticos
publicados entre 1844 y 1865). Esta cifra es pequeña comparada con otros Padres de la Iglesia. Sus
numerosas actividades no le permitieron un trabajo extenso. Por lo general, son
obras de ocasión, rápidas, solicitadas por terceros. Muestran al hombre de
acción, al renovador del Císter, a un reformador de la sociedad laica y
religiosa y defensor del papado, también reflejan la seguridad de la personalidad
religiosa más influyente del siglo XII,
como san Agustín en el siglo V o Santo Tomás en el siglo XIII.
Dejó una
producción de unas 500 cartas, del orden de 350 sermones y varios tratados
doctrinales.
Alonso
Cano, Premio lácteo a san Bernardo, Museo del
Prado. El santo arrodillado recibe un
chorro de leche de los pechos de una estatua de la Virgen.
Sus escritos
más conocidos son los sermones —el sermón en los monasterios de la Edad Media tenía mucha influencia en la formación religiosa
e intelectual del monje —. Después los tratados, breves pero de enorme valor
espiritual para la Iglesia católica, desarrollando una doctrina precisa y
coherente.
Empleó un elegante latín y fue de los escritores más notables de su época, junto a Pedro Abelardo y Gilberto de la Porré.
Iconografía
de san Bernardo
No se sabe cómo era san Bernardo, no existen retratos reales. Sí hay multitud de representaciones figuradas, que corresponden habitualmente a cuadros de piedad y devoción.
En este
artículo se presentan cinco ejemplos.
El cuadro,
denominado Premio lácteo a san
Bernardo, fue pintado por Alonso
Cano entre 1646 y 1650 para
los capuchinos de Toledo. Existe otro cuadro parecido, que no se representa
aquí, pintado por Murillo y
también en el Museo del
Prado, donde se aparece la Virgen a
san Bernardo para ofrecerle leche de sus pechos como premio por su defensa
mariana.
La leyenda
de la lactatio debió
ser muy conocida en España, estando incluida en el Cancionero
de Úbeda. Un motivo similar mencionó el
rey Alfonso X el Sabio en
sus Cantigas de Santa María (54 y 93), «narrando el prodigio de la
resurrección de un monje cisterciense, que obró la Virgen dándole leche de su
seno».
El cuadro
de Francisco Ribalta, Cristo abrazado a san Bernardo, fue
pintado entre 1625 y 1627 para la cartuja italiana de Portocoeli,
para la cual trabajó Ribalta en sus últimos años.
En la Divina Comedia,
Bernardo de Claraval aparece situado en el Paraíso desde
el Canto XXXI, sustituyendo a Beatriz. En virtud de su espíritu contemplativo
y de su devoción a María, es Bernardo quien guía a Dante durante la última parte de su viaje: muestra
al poeta la cándida rosa dei
beati —la rosa paradisíaca sede de todos los bienaventurados, Canto
XXXII— y lo invita a volver a María su mirada como el rostro que más se asemeja
a Cristo.
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